En mi primer día en el penal me tocó la guardia nocturna con Flores. Después de ponerme al tanto de las disposiciones reglamentarias, el veterano se puso a contar historias de presos. Nada que yo no hubiese escuchado en mi anterior trabajo; hasta que me contó la historia de El Eco, un tipo que cumplía sentencia por el asesinato de su mujer.
El Eco como lo llamaban guardias y reclusos estaba condenado de por vida.
Lo llamaban así, porque hablaba solo todo el tiempo.
Lo llamaban así, porque hablaba solo todo el tiempo.
- Para mí que habla con alguien – dijo Flores encogiéndose de hombros.
Parecía un tipo normal salvo por el hecho de que no hablaba con nadie más que consigo mismo. Y por su mirada. Ciega. Fija en ninguna parte. Perdida hacia adentro. Ojos que en un abrir y cerrar, lloraban y odiaban, odiaban y lloraban. Siempre en dirección a sus cejas.
- Yo creo que esta poseído por el demonio – comentó Flores.
El hombre no se metía con nadie y nadie se metía con él. Todos en la prisión nos habíamos acostumbrado a sus intempestivos gritos y nunca llegamos a intervenir porque el Eco se callaba solo.
La noche de su muerte fue de una terrible conmoción. Los gritos, más violentos que nunca, retumbaron en toda la prisión. El estruendo y el tono amenazante hicieron que Flores se acercara hasta su celda. Todo había terminado cuando llegó.
Estaba en el piso en una esquina. Sentado contra la pared, sus dos manos cruzadas una sobre la otra apretando el cuello. Tan rígidas que el enfermero tuvo que quebrar ambas muñecas para liberar la cabeza. El parte médico indicó muerte por asfixia.
- Anoche lo escuche hablar con alguien, te lo juro – decía Flores tironeándome hacia atrás y hacia adelante de ambas solapas.
Tiempo después, mientras intentaba infructuosamente ordenar los archivos de la cárcel, encontré por casualidad partes del expediente del Eco mezclados con los de otros presos.
Figuraba la sentencia del juez que lo condenaba a cadena perpetua por el homicidio de su esposa mediante estrangulamiento. Varios folios donde diferentes personas atestiguaban que conocían al matrimonio; que parecían una pareja normal, más allá de sus constantes peleas. Una detallada reconstrucción del crimen y los alegatos finales de ambos abogados. Adjuntos estaban la autopsia realizada a su mujer, el dictamen del jurado y la orden de encarcelamiento. La declaración de Flores que lo había encontrado muerto en su celda, y su partida de defunción.
En una hoja suelta con el encabezado prisionero nº 131 me topé con lo que parecía ser un diálogo:
- Ves que sos un nabo.
- ¿Porque insultás?
- Y qué querés que te diga si sos un tarado.
- ¡Calláte, no me insultes más!
- Que fácil que lo solucionás.
- Yo no soluciono nada, pero si me vas a putear no hablo más.
- Claro, qué vas a decir: escapáte, como siempre.
- Vos estás mal de la cabeza, ¿cuándo me escapo?
- Siempre, cada vez que quiero hablar.
- Es que con vos no se puede hablar, siempre tenés que insultar.
- Bueno yo soy así, pero no lo hago por gusto.
- Mirá, la verdad, me importa un carajo si lo hacés por gusto o no; estoy podrido de tus insultos, de tus quejas, de tus agresiones.
- ¡Sos un sorete!
- No me vuelvas a insultar, te lo digo en serio.
- ¡Andáte a la mierda!
- ¡Calláte!, ¡no te quiero escuchar más!
- ¡No me callo nada, porque no me callás vos idiota!
Ignacio Revello
me gustó mucho nacho, arriba con los cuentos!! sigo leyendo :)
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