martes, 13 de septiembre de 2011

Basta


Un grito ensordecedor quebró la frágil calma.


La pelea había recomenzado. Andanadas de insultos surcaron el aire como misiles, buscando ultimar al enemigo que respondía incluso antes de ser atacado; entrenado como nadie en el arte de la guerra, después de tantas y tan duras batallas. Las heridas en uno y otro bando eran múltiples. El odio desmedido mutilaba sin conciencia. Maldiciones. Aullidos. Llantos. Sollozos. Brevísimos silencios interrumpidos por nuevos gritos fundiéndose hasta transformarse en un único grito aterrador.


-  Bastaaaaaaaaaa!! -


Demasiado tarde. Un herido en el pecho se esforzaba por mantener la vertical.
Apenas se escuchaba un llanto entrecortado.


El niño yacía en el suelo boca abajo. Dominando la tremenda agitación estiró ambos brazos hacia delante. Barrió lentamente hacia su cuerpo lo que quedaba de los dos robots, destrozados por la inconciencia.


Se quedó tendido en el suelo. Cansado. Muy cansado. Derrotado.


La habitación de al lado estaba nuevamente en calma.



Ignacio Revello

miércoles, 7 de septiembre de 2011

¿Por qué temblás?

Yo, caminaré entre las piedras,
hasta sentir el temblor, en mis piernas…
Soda Stereo


-  ¿Por qué temblás? –

Su cara se ilumina. Se alegra que lo haya notado. No puede ocultarlo más. No quiere.

Afuera hace frío. El viento sopla fuerte y las hojas del ombú también tiemblan. Ella mira hacia afuera. Desanda con la vista el camino que hace unos minutos la trajo hasta acá. Se da cuenta que tiembla. Culpa a los nervios. No conoce el lugar. Siente que no pisa firme.

El salta de una idea a otra. Le cuesta encontrar las palabras. Justo a él, que vive de ellas. Se empeña en hilvanar las frases correctas para que la historia que cuenta tenga sentido. A medida que habla su temor a equivocarse aumenta. Tiembla de miedo; pero no se detiene. Más bien todo lo contrario, se desborda. Se vacía y se llena al mismo tiempo.

Ella lo escucha atenta. Sus palabras la invaden. Se abren paso a través de sus poros para inundar todo su ser. La sacuden, la descolocan. Un escalofrió recorre su cuerpo. Sube por los pies hasta tensarle el vientre. Le oprime el pecho y le dificulta la respiración. Se siente aturdida. No se reconoce.   

Siente que no es la misma mujer. Ya no está nerviosa, y sin embargo, tiembla.

El habla de viajes. Viajes para los que no se necesitan documentos. Porque se viaja sin nombre, sin mochila, sin pasado ni futuro.

-  Como cuando viajás con un cuento -

La imaginación va tejiendo el escenario. En el centro ellos: un hombre, una mujer. La fantasía devora la realidad. El tiempo se congela y evapora a la vez.

Afuera hace frío. Adentro el calor va empañando los vidrios. Una fina neblina se escurre entre ambos. Aspiran el aire tibio que los abriga. Un dulce sopor se apodera de sus cuerpos.

Se permiten soñar. Jugar de a dos. Conocerse a cada paso. Pisando a tientas.

-  Contáme más cosas -

Él la observa. Intenta adivinar algo en sus ojos. Su mirada ha cambiado. No es la misma de siempre. Como si ella, ya no fuera ella. Le parece que ya vio esa mirada antes.  Está seguro, ella es esta.

Estaba dormida, piensa. Anestesiada.

Ella intenta dominar la agitación. Se siente rescatada, libre, reinventada.

El cierra las puertas. Deja fuera la rutina que los ahoga. Respira. Comienza a flotar. Todo se mueve. No hay referencias. La vida entera atrapada en un momento, en un lugar sin fronteras. Un refugio. Un antídoto contra el aburrimiento.

Se acomoda varias veces en su sitio. Por fin está cómoda. Sus piernas comienzan a moverse involuntariamente. Vibra.

El sujeta su mano y pregunta  - ¿Por qué temblás? -
Ella lo mira y suspira  - Para saber que estoy viva -



Ignacio Revello

viernes, 2 de septiembre de 2011

Hasta que la muerte los separe


En mi primer día en el penal me tocó la guardia nocturna con Flores. Después de ponerme al tanto de las disposiciones reglamentarias, el veterano se puso a contar historias de presos. Nada que yo no hubiese escuchado en mi anterior trabajo; hasta que me contó la historia de El Eco, un tipo que cumplía sentencia por el asesinato de su mujer. 

El Eco como lo llamaban guardias y reclusos estaba condenado de por vida.
Lo llamaban así, porque hablaba solo todo el tiempo.

- Para mí que habla con alguien – dijo Flores encogiéndose de hombros.

Parecía un tipo normal salvo por el hecho de que no hablaba con nadie más que consigo mismo. Y por su mirada. Ciega. Fija en ninguna parte. Perdida hacia adentro. Ojos que en un abrir y cerrar, lloraban y odiaban, odiaban y lloraban. Siempre en dirección a sus cejas.

- Yo creo que esta poseído por el demonio – comentó Flores.

El hombre no se metía con nadie y nadie se metía con él. Todos en la prisión nos  habíamos acostumbrado a sus intempestivos gritos y nunca llegamos a intervenir porque el Eco se callaba solo.

La noche de su muerte fue de una terrible conmoción. Los gritos, más violentos que nunca, retumbaron en toda la prisión. El estruendo y el tono amenazante hicieron que Flores se acercara hasta su celda. Todo había terminado cuando llegó. 

Estaba en el piso en una esquina. Sentado contra la pared, sus dos manos cruzadas una sobre la otra apretando el cuello. Tan rígidas que el enfermero tuvo que quebrar ambas muñecas para liberar la cabeza. El parte médico indicó muerte por asfixia.

- Anoche lo escuche hablar con alguien, te lo juro – decía Flores tironeándome hacia atrás y hacia adelante de ambas solapas.

Tiempo después, mientras intentaba infructuosamente ordenar los archivos de la cárcel, encontré por casualidad partes del expediente del Eco mezclados con los de otros presos.

Figuraba la sentencia del juez que lo condenaba a cadena perpetua por el homicidio de su esposa mediante estrangulamiento. Varios folios donde diferentes personas atestiguaban que conocían al matrimonio; que parecían una pareja normal, más allá de sus constantes peleas. Una detallada reconstrucción del crimen y los alegatos finales de ambos abogados. Adjuntos estaban la autopsia realizada a su mujer, el dictamen del jurado y la orden de encarcelamiento. La declaración de Flores que lo había encontrado muerto en su celda, y su partida de defunción.

En una hoja suelta con el encabezado prisionero nº 131 me topé con lo que parecía ser un diálogo:

-                Ves que sos un nabo.
-                ¿Porque insultás?
-                Y qué querés que te diga si sos un tarado.
-                ¡Calláte, no me insultes más!
-                Que fácil que lo solucionás.
-                Yo no soluciono nada, pero si me vas a putear no hablo más.
-                Claro, qué vas a decir: escapáte, como siempre.
-                Vos estás mal de la cabeza, ¿cuándo me escapo?
-                Siempre, cada vez que quiero hablar.
-                Es que con vos no se puede hablar, siempre tenés que insultar.
-                Bueno yo soy así, pero no lo hago por gusto.
-                Mirá, la verdad, me importa un carajo si lo hacés  por gusto o no; estoy podrido de tus insultos, de tus quejas, de tus agresiones.
-                ¡Sos un sorete!
-                No me vuelvas a insultar, te lo digo en serio.
-                ¡Andáte a la mierda!
-                ¡Calláte!, ¡no te quiero escuchar más!
-                ¡No me callo nada, porque no me callás vos idiota!



Ignacio Revello

jueves, 1 de septiembre de 2011

Perdido


Al tomar la ruta comencé a sentirme molesto. Me dirigía al hotel “Los Sauces” de la ciudad de Colonia para pasar tres días en soledad. El malestar aumentaba con el correr de los kilómetros.

Llegando al hotel me di cuenta. El culpable era Jaime, un viejo botones del hotel. No me gustaba ese hombre. Siempre exageradamente amable. Digno de otros tiempos. El empezaría: que “buenas tardes señor”, que “qué alegría recibirlo”, “espero que haya tenido un excelente viaje”. No era malo, pero que pesado que era. Su afán de agradar me sacaba completamente de mis casillas. Me molestaba sobremanera.

Fue raro no verlo al llegar. Estaba tan acostumbrado a que él me recibiera, que por un momento no reconocí el lugar. Fue como haber llegado a alguna otra parte.

Era cliente del hotel hacia años. Nos hospedábamos ahí cada vez que tomábamos vacaciones con mi mujer y mis dos hijos. Hacía ya dos años que habíamos ido todos juntos por última vez, casi tres meses antes de separarnos. Recordaba al viejo diciendo: “que placer recibirlos señores”, “que niños más hermosos, los felicito”.

Ahora las cosas eran distintas. Jaime no estaba y el hotel no parecía ser el mismo.

Descargué la pequeña mochila por mi cuenta, me registré y subí al cuarto. Bajé a almorzar y observé que el hotel estaba igual que siempre. Nada había cambiado, a no ser claro, por la ausencia del viejo.

Más tarde intenté leer un poco pero no lograba concentrarme. Sin saber que hacer vagué toda la tarde por el parque. No había casi huéspedes y la pesadez del silencio se tornaba desesperante. Volví al cuarto para dar vueltas en la cama más de dos horas. Bajé al lobby y conté lentamente los minutos que faltaban para cenar. Subí a dormir con dos litros de vino tinto a cuestas.

Por la mañana tuve otra vez la extraña sensación de encontrarme en otra parte. Me sentía como perdido. Me dirigí a la recepcionista para preguntar por el viejo.

- ¿Y Jaime? – pregunté cómo al pasar.

- El señor Jaime ya no está con nosotros – contestó con un tono de voz que me pareció un poco triste.

Entonces lo supe. Habían echado al viejo y el despido le había causado la muerte.

Las cosas habían sucedido más o menos así. La airada queja de una clienta había precipitado las cosas. Aparentemente el viejo en su afán de servirla había cargado más valijas de las que su anciano cuerpo podía soportar. A pesar de las advertencias de la clienta; el viejo insistió. Una de sus manos cedió y la maleta más grande fue a estrellarse sobre la sandalia izquierda de la mujer. Sus gritos retumbaron a lo largo y ancho del hotel y llegaron hasta el gerente. La exigencia de la clienta pudo más que las mil disculpas del viejo. Sus ruegos no obtuvieron perdón. El gerente lo despidió en el acto. De todas formas ya era hora de jubilarlo, pensó.

El viejo quedo petrificado. El hotel era su vida. No tenía familia. El hotel era su familia. Había entrado demasiado joven y ahora estaba demasiado viejo. Estaqueado en la recepción vio cómo se acababan cincuenta años de servicio. Se sintió perdido, sin rumbo. Recobró el sentido y se encaminó tambaleante hacia su cuarto. El único hogar del que tenía memoria.

Al otro día amaneció muerto en su cama.

- Señor, señor – llamó mi atención la recepcionista.

- ¿Eh?, si – contesté sacudiendo la cabeza para despabilarme.

- ¿Lo puedo ayudar en algo? – preguntó.

En una de esas el viejo estaba cansado. Tal vez se jubiló. De repente se fue a trabajar a otro lado. A hacer otra cosa. No sé qué pasó. Tuve miedo de preguntar.

- Señor, señor se encuentra bien – insistió la recepcionista.

- Sí, sí, perfectamente- respondí.
 


Ignacio Revello
 

El Jorobado


Me confieso fanático del cine. Siempre me maravilló la posibilidad de vivir otras vidas. La ilusión de viajar a otros mundos.

Mis hijos comparten mi pasión. Ahora viajamos de a tres.

La ficción se ha convertido en el mejor escape para nosotros. Para mí, en la forma ideal de mantener entretenidos dos niños de seis y tres años sin el menor desgaste. Para ellos, la solución perfecta para evitar los rezongos producto de actividades descontroladas. Para todos, la única manera de burlar una realidad demasiado alejada de nuestros sueños. 

Encontramos en las películas las certezas que la vida nos niega. Sabemos que todo va a terminar bien. Los buenos van a vencer a los malos. El príncipe va a rescatar a la princesa. Todos van a acabar siendo felices. El mundo estará a salvo y será un buen lugar para vivir.

El sábado pasado nos aprontábamos para ver “El Jorobado de Notre-Dame”.

- ¿Querés verla con nosotros? – preguntó Nico entusiasmado.

Como sabiendo que yo también necesito refugio. Como si viera en mi rostro reflejadas las marcas de una vida perdida.

A medida que la película avanzaba la cara de Flopi se arrugaba. Su respiración se dificultaba cada vez más. Sin embargo apretó los dientes y se contuvo. La tristeza se adivinaba en sus ojos vidriosos.

- ¿Qué pasa Flopi? –.

No contestó. No podía permitirse una distracción. Quasimodo la necesitaba a su lado. Siguió con él hasta último momento. O eso creí. Porque esta vez el final no culminó con aplausos. 

La angustia acumulada explotó como una bomba de tiempo. Florencia largó a llorar desconsolada. La tomé en brazos sin poder calmarla. Sus lágrimas encontraron las mías en mí mejilla. Sus sollozos perforaron mi alma.

- ¿Qué pasa mi amor? – pregunté mientras la apretaba contra el pecho.

- No me gusta que no se case con Quasimodo, papi – dijo con voz entrecortada.

No supe que decir. Intenté con mimos suplir las palabras que me faltaban. Sentí que cualquier explicación que hubiese ensayado habría resultado un fracaso. De nada me hubiese servido apoyarme en el aspecto físico del Jorobado. Con apenas tres años ella sabe muy bien algo que a muchos nos ha costado todo una vida aprender. La verdadera belleza es interior.

Quasimodo reabrió las heridas. El fuego de su amor llagó aun más nuestros corazones debilitados. Compartimos la desgracia de los amores imposibles. Hicimos nuestro su dolor.

Jamás podría explicarle a mi hija como es posible que tanto amor no sea correspondido. Ni yo mismo lo entiendo.

Temimos un futuro desdichado para el pobre Jorobado. No sé qué puede hacer con su vida alguien que quiere entregarla a otro.

Tal vez su madre le hubiese podido dar una respuesta. Pero hace más de dos años que no viaja con nosotros.



Ignacio Revello