jueves, 1 de septiembre de 2011

El Jorobado


Me confieso fanático del cine. Siempre me maravilló la posibilidad de vivir otras vidas. La ilusión de viajar a otros mundos.

Mis hijos comparten mi pasión. Ahora viajamos de a tres.

La ficción se ha convertido en el mejor escape para nosotros. Para mí, en la forma ideal de mantener entretenidos dos niños de seis y tres años sin el menor desgaste. Para ellos, la solución perfecta para evitar los rezongos producto de actividades descontroladas. Para todos, la única manera de burlar una realidad demasiado alejada de nuestros sueños. 

Encontramos en las películas las certezas que la vida nos niega. Sabemos que todo va a terminar bien. Los buenos van a vencer a los malos. El príncipe va a rescatar a la princesa. Todos van a acabar siendo felices. El mundo estará a salvo y será un buen lugar para vivir.

El sábado pasado nos aprontábamos para ver “El Jorobado de Notre-Dame”.

- ¿Querés verla con nosotros? – preguntó Nico entusiasmado.

Como sabiendo que yo también necesito refugio. Como si viera en mi rostro reflejadas las marcas de una vida perdida.

A medida que la película avanzaba la cara de Flopi se arrugaba. Su respiración se dificultaba cada vez más. Sin embargo apretó los dientes y se contuvo. La tristeza se adivinaba en sus ojos vidriosos.

- ¿Qué pasa Flopi? –.

No contestó. No podía permitirse una distracción. Quasimodo la necesitaba a su lado. Siguió con él hasta último momento. O eso creí. Porque esta vez el final no culminó con aplausos. 

La angustia acumulada explotó como una bomba de tiempo. Florencia largó a llorar desconsolada. La tomé en brazos sin poder calmarla. Sus lágrimas encontraron las mías en mí mejilla. Sus sollozos perforaron mi alma.

- ¿Qué pasa mi amor? – pregunté mientras la apretaba contra el pecho.

- No me gusta que no se case con Quasimodo, papi – dijo con voz entrecortada.

No supe que decir. Intenté con mimos suplir las palabras que me faltaban. Sentí que cualquier explicación que hubiese ensayado habría resultado un fracaso. De nada me hubiese servido apoyarme en el aspecto físico del Jorobado. Con apenas tres años ella sabe muy bien algo que a muchos nos ha costado todo una vida aprender. La verdadera belleza es interior.

Quasimodo reabrió las heridas. El fuego de su amor llagó aun más nuestros corazones debilitados. Compartimos la desgracia de los amores imposibles. Hicimos nuestro su dolor.

Jamás podría explicarle a mi hija como es posible que tanto amor no sea correspondido. Ni yo mismo lo entiendo.

Temimos un futuro desdichado para el pobre Jorobado. No sé qué puede hacer con su vida alguien que quiere entregarla a otro.

Tal vez su madre le hubiese podido dar una respuesta. Pero hace más de dos años que no viaja con nosotros.



Ignacio Revello

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