jueves, 1 de septiembre de 2011

Perdido


Al tomar la ruta comencé a sentirme molesto. Me dirigía al hotel “Los Sauces” de la ciudad de Colonia para pasar tres días en soledad. El malestar aumentaba con el correr de los kilómetros.

Llegando al hotel me di cuenta. El culpable era Jaime, un viejo botones del hotel. No me gustaba ese hombre. Siempre exageradamente amable. Digno de otros tiempos. El empezaría: que “buenas tardes señor”, que “qué alegría recibirlo”, “espero que haya tenido un excelente viaje”. No era malo, pero que pesado que era. Su afán de agradar me sacaba completamente de mis casillas. Me molestaba sobremanera.

Fue raro no verlo al llegar. Estaba tan acostumbrado a que él me recibiera, que por un momento no reconocí el lugar. Fue como haber llegado a alguna otra parte.

Era cliente del hotel hacia años. Nos hospedábamos ahí cada vez que tomábamos vacaciones con mi mujer y mis dos hijos. Hacía ya dos años que habíamos ido todos juntos por última vez, casi tres meses antes de separarnos. Recordaba al viejo diciendo: “que placer recibirlos señores”, “que niños más hermosos, los felicito”.

Ahora las cosas eran distintas. Jaime no estaba y el hotel no parecía ser el mismo.

Descargué la pequeña mochila por mi cuenta, me registré y subí al cuarto. Bajé a almorzar y observé que el hotel estaba igual que siempre. Nada había cambiado, a no ser claro, por la ausencia del viejo.

Más tarde intenté leer un poco pero no lograba concentrarme. Sin saber que hacer vagué toda la tarde por el parque. No había casi huéspedes y la pesadez del silencio se tornaba desesperante. Volví al cuarto para dar vueltas en la cama más de dos horas. Bajé al lobby y conté lentamente los minutos que faltaban para cenar. Subí a dormir con dos litros de vino tinto a cuestas.

Por la mañana tuve otra vez la extraña sensación de encontrarme en otra parte. Me sentía como perdido. Me dirigí a la recepcionista para preguntar por el viejo.

- ¿Y Jaime? – pregunté cómo al pasar.

- El señor Jaime ya no está con nosotros – contestó con un tono de voz que me pareció un poco triste.

Entonces lo supe. Habían echado al viejo y el despido le había causado la muerte.

Las cosas habían sucedido más o menos así. La airada queja de una clienta había precipitado las cosas. Aparentemente el viejo en su afán de servirla había cargado más valijas de las que su anciano cuerpo podía soportar. A pesar de las advertencias de la clienta; el viejo insistió. Una de sus manos cedió y la maleta más grande fue a estrellarse sobre la sandalia izquierda de la mujer. Sus gritos retumbaron a lo largo y ancho del hotel y llegaron hasta el gerente. La exigencia de la clienta pudo más que las mil disculpas del viejo. Sus ruegos no obtuvieron perdón. El gerente lo despidió en el acto. De todas formas ya era hora de jubilarlo, pensó.

El viejo quedo petrificado. El hotel era su vida. No tenía familia. El hotel era su familia. Había entrado demasiado joven y ahora estaba demasiado viejo. Estaqueado en la recepción vio cómo se acababan cincuenta años de servicio. Se sintió perdido, sin rumbo. Recobró el sentido y se encaminó tambaleante hacia su cuarto. El único hogar del que tenía memoria.

Al otro día amaneció muerto en su cama.

- Señor, señor – llamó mi atención la recepcionista.

- ¿Eh?, si – contesté sacudiendo la cabeza para despabilarme.

- ¿Lo puedo ayudar en algo? – preguntó.

En una de esas el viejo estaba cansado. Tal vez se jubiló. De repente se fue a trabajar a otro lado. A hacer otra cosa. No sé qué pasó. Tuve miedo de preguntar.

- Señor, señor se encuentra bien – insistió la recepcionista.

- Sí, sí, perfectamente- respondí.
 


Ignacio Revello
 

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